Prevención en delitos de violencia de género e intrafamiliar


 

La violencia de género no es un problema privado que se resuelve entre cuatro paredes; es un desafío social y de seguridad pública que permea instituciones, normaliza patrones destructivos y perpetúa ciclos intergeneracionales de violencia que corroen el tejido social desde sus fundamentos más íntimos. En Costa Rica, el Plan Nacional para la Atención y Prevención de la Violencia Intrafamiliar ha avanzado en sensibilización social, pero persisten brechas profundas en la atención efectiva de casos que exigen respuestas más sofisticadas y coordinadas.

Los datos más recientes del Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres y Acceso a la Justicia, actualizados al 3 de marzo de 2025, revelan la persistencia preocupante de la violencia femicida en el país. Mientras Costa Rica enfrenta su peor crisis de seguridad general, con proyecciones de casi 1 000 homicidios para 2025, la violencia específica contra las mujeres mantiene patrones distintivos que requieren análisis y respuestas diferenciadas. No es una cifra fría: cada historia detrás de esos números habla de dolor, de miedo y, sobre todo, de una deuda colectiva con la justicia y la dignidad humana.

A nivel internacional, la iniciativa “Ciudades Seguras” de ONU Mujeres ha demostrado resultados alentadores. En Quito, el rediseño del espacio público, iluminación estratégica, circuitos peatonales protegidos y botones de auxilio, redujo un 30 % los delitos contra mujeres en zonas críticas (ONU Mujeres, 2017, p. 42). Esta experiencia ilustra que la prevención territorial, pensada con perspectiva de género y basada en diagnósticos participativos, puede transformar la cotidianidad de miles de mujeres. Sin embargo, trasladar estas lecciones implica más que copiar un manual: exige adaptarlas a las realidades socioeconómicas, culturales y urbanísticas de cada comunidad.

La criminología feminista propone marcos analíticos que van más allá de la descripción superficial de hechos violentos. Examina las estructuras de poder y desigualdad que perpetúan la violencia como mecanismo de control social. Esta mirada sistémica sostiene que la violencia contra las mujeres no es resultado de decisiones individuales aisladas, sino producto de matrices culturales, económicas y políticas que devalúan sistemáticamente la autonomía femenina (Heise et al., 2019, p. 15). Aceptar esta perspectiva implica reconocer que no basta con sancionar al agresor: es imperativo desmontar los cimientos sociales que legitiman su actuar.

En el ámbito comunitario surgen estrategias críticas. Las redes locales pueden funcionar como factores de riesgo, cuando reproducen silencios y estigmas, o de protección, si cuentan con normas solidarias, canales de apoyo y protocolos claros. La socialización de modelos de masculinidad no violenta es un eje preventivo fundamental. Iniciar este trabajo desde la primera infancia, mediante programas escolares que integren actividades deportivas, artísticas y diálogos participativos, siembra semillas de respeto y empatía que perduran toda la vida.

El fenómeno del sicariato y la violencia criminal que azota Costa Rica presenta intersecciones complejas con la violencia de género. Las mujeres vinculadas a hombres involucrados en actividades delictivas enfrentan riesgos particulares. Se exponen a venganzas, coerción por códigos de silencio y amenazas que combinan dinámicas de pareja con protocolos violatorios propios del crimen organizado. Estas víctimas requieren protocolos especializados de atención, donde la protección física y psicológica se articule con espacios de reclusión seguros y asesoría legal inmediata.

Otro aspecto frecuentemente invisible: la violencia económica contra las mujeres. Este tipo de maltrato funciona como mecanismo de control, limitando la capacidad de las víctimas para escapar de relaciones destructivas. Cortar el acceso a recursos propios, dinero, bienes, empleo, somete a las mujeres a una dependencia que perpetúa el ciclo violento. Por ello, los programas de autonomía económica femenina no son meras políticas de desarrollo: son estrategias preventivas que amplían opciones, promueven la resiliencia y brindan libertad real de decisión.

Sin embargo, no basta con diseñar políticas. La formación de funcionarios públicos con perspectiva de género no puede seguir siendo una actividad opcional o superficial. Policías, fiscales, jueces, personal de salud y trabajadores sociales requieren competencias específicas para comprender las dinámicas de la violencia de género, evitar la revictimización y ofrecer respuestas efectivas que protejan a las víctimas mientras procesan a los agresores. La capacitación debe ser obligatoria, evaluada periódicamente y sustentada en casos reales que incluyan testimonios de sobrevivientes.

Los sistemas de información sobre violencia de género enfrentan desafíos de subregistro, fragmentación institucional y falta de estándares comunes. Estos obstáculos dificultan el diseño de políticas basadas en evidencia. La integración de bases de datos entre el Ministerio de Justicia, el Poder Judicial, el Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU) y el Ministerio de Salud es fundamental. Solo así podremos mapear patrones, identificar factores de riesgo y evaluar la efectividad de las intervenciones con rigor científico.

La participación comunitaria en la detección y prevención de estos delitos requiere estrategias cuidadosas. No se trata de crear vigilantes, sino de tejer redes sociales de protección donde organizaciones de mujeres, líderes religiosos, educadores y empresarios locales actúen desde roles definidos y con protocolos claros. Un vecino que aprende a detectar señales tempranas, un maestro que sabe cómo intervenir adecuadamente o un comerciante que difunde información de apoyo pueden marcar la diferencia entre un ciclo de violencia perpetuado y una ruptura decisiva.

 

Propuesta crítica

  1. Articulación interinstitucional: Establecer protocolos vinculantes que asignen responsabilidades específicas, tiempos de respuesta claros y sanciones por incumplimiento. Implementar comités de monitoreo con representación de INAMU, Poder Judicial y organizaciones de la sociedad civil.
  2. Capacitación obligatoria y continua: Diseñar módulos presenciales y virtuales con evaluación de competencias para policías, fiscales, jueces y personal de salud. Incorporar la voz de sobrevivientes y estudios de caso para humanizar el aprendizaje.
  3. Programas de prevención primaria: Trabajar con hombres y niños en la construcción de masculinidades no violentas. Utilizar talleres de teatro, deportes cooperativos y mentorías donde se modele y celebre la empatía, el diálogo y el cuidado mutuo. Establecer indicadores de cambio cultural a mediano y largo plazo.
  4. Fondos especializados para autonomía económica: Crear líneas de crédito con condiciones preferenciales, programas integrales de capacitación laboral y redes empresariales de apoyo para mujeres víctimas. Asegurar acompañamiento psicosocial y legal durante los primeros meses de independencia económica.
  5. Sistema integrado de información: Desarrollar una plataforma interinstitucional de análisis predictivo que cruce variables territoriales, temporales y sociodemográficas. Permitir la asignación dinámica de recursos preventivos y la adaptación continua de estrategias.

Costa Rica debe reconocer que la prevención efectiva de la violencia de género e intrafamiliar no es opcional. Requiere comprensión sofisticada de patrones complejos, compromiso político sostenido y participación activa de toda la sociedad. Solo así podremos romper ciclos, sanar heridas y construir comunidades donde la dignidad de cada persona sea irrenunciable.

 

Referencias

Hernández Latorre, S. D. (2015). Informe: Experiencias exitosas en prevención de la criminalidad en América Latina. Centro Internacional para la Prevención de la Criminalidad (CIPC).

Solís Moreira, J. (2015). Seguridad ciudadana y prevención de violencia en Costa Rica: Estrategia operativa de coproducción y corresponsabilidad. FES América Central.

Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU). (2023). Plan Nacional de Prevención y Atención de la Violencia contra las Mujeres (2023–2030).

ONU Mujeres. (2023). Ciudades seguras y espacios públicos seguros para mujeres y niñas: informe regional.

Poder Judicial de Costa Rica. (2023). Estadísticas judiciales sobre violencia doméstica y de género.

Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres. (2024). Boletín trimestral.

Fiscalía Adjunta de Género. (2024). Informe semestral de causas tramitadas por violencia intrafamiliar.

Naciones Unidas. (2021). Resolución 76/183 sobre prevención de la violencia contra mujeres y niñas.


Comentarios