Políticas públicas y programas preventivos exitosos (locales)

 


Costa Rica, esa pequeña nación centroamericana que durante décadas se enorgullecía de ser una excepción pacífica en un continente históricamente convulso, enfrenta hoy una realidad que hubiera sido impensable hace apenas una década. ¿Cómo explicar esta transformación tan dramática? Para comprender la magnitud del cambio, imaginemos a un país que abolió su ejército en 1948 y se convirtió en símbolo de estabilidad democrática, ahora lidiando con niveles de violencia que rivalizan con naciones en conflicto armado.

Las proyecciones oficiales para 2025 son profundamente desalentadoras y constituyen un llamado urgente a repensar las estrategias tradicionales de seguridad. El Organismo de Investigación Judicial estima que el país podría registrar entre 925 y 975 homicidios durante este año, cifras que lo posicionarían como el período más violento en toda la historia nacional documentada. Es una estadística que duele, que confronta la identidad pacífica que los costarricenses han cultivado por generaciones. A mayo de 2025, ya se habían contabilizado 317 homicidios, un recordatorio brutal y cotidiano de que la violencia no respeta fronteras geográficas ni tradiciones culturales de paz que parecían inmutables.

Para contextualizar esta crisis, es importante entender que Costa Rica no llegó aquí de la noche a la mañana. El país experimentó una transformación gradual pero acelerada: de ser un punto de tránsito para el narcotráfico internacional, se convirtió en 2023 en el puerto más importante de droga hacia Europa del mundo. Esta evolución no es solo un dato estadístico; representa la inserción forzada del país en dinámicas criminales globales que han reconfigurado su tejido social interno.

En este contexto adverso y desafiante, la Estrategia Desamparados 2015-2018 emerge como un faro de esperanza metodológica, un ejemplo concreto y tangible de lo que es posible cuando se abandona la retórica belicista tradicional para abrazar la coproducción de seguridad como paradigma de intervención social. Esta iniciativa innovadora logró reducir en un 20% los homicidios mediante la articulación inteligente y sistemática de instituciones públicas, sector privado y comunidades locales (Solís Moreira, 2015). Pero más allá de las cifras, lo que realmente importa es cómo lo logró.

El modelo territorial de intervención demostró empíricamente que el trabajo conjunto, cuando se diseña adecuadamente y se sostiene en el tiempo, puede generar resultados medibles y sostenibles, incluso en contextos donde las fuerzas destructivas parecen predominar. ¿Qué hizo diferente esta estrategia? La respuesta radica en su comprensión profunda de que la seguridad no se puede imponer desde arriba, sino que debe construirse desde abajo.

Lo verdaderamente innovador y replicable de esta estrategia fue su capacidad revolucionaria de incluir a actores locales no solo como beneficiarios pasivos de programas diseñados verticalmente desde instancias centrales, sino como co-constructores activos y empoderados de su propia seguridad comunitaria. Imaginen el cambio psicológico que esto representa: pasar de ser víctimas esperando protección externa a convertirse en protagonistas de su propia seguridad. La participación comunitaria trascendió las reuniones informativas tradicionales y las consultas superficiales para convertirse en procesos genuinos de identificación colectiva de riesgos, diseño participativo de soluciones y toma de decisiones compartidas sobre prioridades territoriales.

Este enfoque revolucionario fomenta lo que los académicos llaman "corresponsabilidad ciudadana", transformando fundamentalmente la relación entre Estado y sociedad civil. Los ciudadanos dejan de ser espectadores temerosos y pasivos para convertirse en protagonistas empoderados y activos de su propia seguridad territorial. Es un cambio que va más allá de lo técnico; es profundamente humano y político.

El enfoque criminológico subyacente a esta experiencia experimenta un cambio paradigmático fundamental que merece análisis detallado: pasa de ser predominantemente punitivo a comprehensivamente preventivo, de esencialmente reactivo a estratégicamente proactivo. Esta transformación no es meramente técnica ni cosmética; representa una revolución conceptual urgente y necesaria en muchos países de la región que siguen atrapados en lógicas decimonónicas de mano dura, tolerancia cero y respuestas puramente represivas.

Pero aquí viene la parte dolorosa de la historia. Sin embargo, la realidad contemporánea de Costa Rica revela las sombras profundas que acechan estos experimentos esperanzadores y pone en evidencia las limitaciones estructurales de los enfoques preventivos cuando no se acompañan de transformaciones sistémicas más amplias. La Primera Encuesta Trimestral de Opinión Pública del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica, realizada en marzo de 2025, muestra resultados que duelen: el 43.7% de la población considera la inseguridad y la delincuencia como el principal problema nacional, representando el porcentaje más alto jamás registrado en la historia de estas mediciones sistemáticas.

Los números políticos reflejan esta frustración ciudadana. La aprobación del gobierno del presidente Rodrigo Chaves ha descendido dramáticamente del 63% en noviembre de 2024 al 54% en abril de 2025, en gran medida debido a la percepción ciudadana de ineficacia gubernamental en el manejo de la crisis de seguridad que azota al país. Es un recordatorio crudo de que en democracia, los experimentos de política pública enfrentan el tribunal inexorable de la opinión pública.

Esta crisis multidimensional expone de manera implacable las vulnerabilidades estructurales de los programas preventivos cuando no se insertan en estrategias integrales de desarrollo social y cuando carecen de los recursos y la continuidad necesarios para competir efectivamente con las fuerzas destructivas del crimen organizado. La sostenibilidad de estas políticas públicas prometedoras requiere una institucionalidad robusta y recursos económicos constantes, dos elementos que enfrentan amenazas permanentes y sistemáticas. Los recortes presupuestarios motivados por crisis económicas y los cambios políticos que priorizan la visibilidad mediática inmediata sobre los resultados a largo plazo son amenazas latentes que pueden desmantelar años de construcción paciente y meticulosa.

El Programa de Seguridad Ciudadana y Prevención de Violencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con fecha de reporte de mayo de 2025, representa un esfuerzo internacional por mantener el rumbo preventivo mediante financiamiento externo cuando los recursos nacionales se ven comprometidos. Su objetivo dual de "mejorar la efectividad policial para prevenir el delito en distritos priorizados" y "reducir comportamientos delictivos de adolescentes y jóvenes vulnerables" demuestra la persistencia de enfoques integrales, incluso en medio de la crisis más severa de la historia nacional.

La Contraloría General de la República, cumpliendo su función constitucional de vigilancia, ha señalado debilidades preocupantes en la Política Nacional de Seguridad Pública Costa Rica Segura Plus 2023-2030, otorgando al Ministerio de Seguridad Pública un plazo perentorio hasta octubre de 2025 para revisar y ajustar su Plan Estratégico Institucional. Esta supervisión técnica evidencia la necesidad urgente de mayor coherencia y vinculación efectiva entre instrumentos de política pública que a menudo operan en compartimientos estancos.

Propuesta crítica: Consolidar estos programas experimentales mediante legislación especializada que garantice su continuidad institucional independientemente de los vaivenes políticos característicos de la región, estableciendo presupuestos constitucionalmente protegidos y consejos ciudadanos con capacidad real de oversight y poder de veto sobre modificaciones sustanciales. Además, fomentar redes de colaboración intermunicipales podría amplificar los beneficios territoriales y crear economías de escala que hagan más eficiente la inversión en prevención. Es fundamental desarrollar sistemas de información sofisticados que permitan monitoreo en tiempo real y ajustes adaptativos basados en evidencia, reconociendo que la prevención efectiva requiere flexibilidad operativa dentro de marcos estratégicos estables y coherentes. Costa Rica necesita urgentemente una reflexión nacional profunda y honesta sobre si sus enfoques preventivos han sido estructuralmente insuficientes o si simplemente han sido abrumados por fuerzas criminales que han evolucionado más rápidamente que las respuestas institucionales, requiriendo una recalibración fundamental de las estrategias de seguridad ciudadana para enfrentar los desafíos del siglo XXI.

Referencias

Solís Moreira, J. (2015). Seguridad ciudadana y prevención de violencia en Costa Rica: Estrategia operativa de coproducción y corresponsabilidad. FES América Central.

Hernández Latorre, S. D. (2015). Informe: Experiencias exitosas en prevención de la criminalidad en América Latina. Centro Internacional para la Prevención de la Criminalidad (CIPC).

Fundación para la Paz y la Democracia (FUNPADEM). (2020). Diálogos Juventud–Policía: Sistematización de mesas de trabajo.

Ministerio de Justicia y Paz. (2018). Estrategia Nacional de Prevención de la Violencia y Promoción de la Paz.

Programa Estado de la Nación. (2023). Informe del Estado de la Nación 2023. CONARE.

Ministerio de Seguridad Pública. (2023). Informe de estadísticas criminales. https://seguridadpublica.go.cr

Observatorio de Seguridad Ciudadana de Desamparados. (2022). Boletín anual de resultados preventivos. Municipalidad de Desamparados.

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